Mejora tu mundo

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Debemos reflexionar…


Muchos de nosotros estamos preocupados por lo que está pasando con el clima a nivel mundial. Sentimos que algo está mal y no sabemos definirlo, pero lo cierto es que el clima no es el de antes. Nevadas en pleno verano, lluvias torrenciales en lugares mas bien secos, tormentas de magnitudes preocupantes que dejan como saldo tremendos daños para los habitantes de diferentes zonas del mundo y eventos nefastos que ocurren cada vez con mayor frecuencia.

Se han dado muchas explicaciones al respecto: el calentamiento global, el deshielo de los glaciares, la corriente de El Niño, el efecto invernadero, pero parecería que más que todo eso, lo que está afectando a la Tierra es el accionar irreflexivo de la especie menos integrada con el entorno de todas las que habitan el Planeta: nosotros, los seres humanos.

E inmediatamente  nos debe surgir  la reflexión: si nosotros hemos contribuido a llevar a nuestra Casa Planeta a este estado en que se encuentra ahora, no seremos nosotros también los que podremos hacer algo para ayudarla a salir de esta situacion critica?.

Este espacio es una invitación a la reflexión y al compromiso: queremos invitarlos a dejar aqui su aporte, simplemente contestando una pregunta: qué estoy haciendo por el Planeta?.

Tus hijos, y los hijos de tus hijos te lo agradecerán……

Gracias por tu comentario!


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Ningún esfuerzo es pequeño!

Era un  tórrido y hermoso día de sol en el bosque; nada hacia preveer la tragedia que se avecinaba. Súbitamente, un montón  de papeles abandonados por algún turista descuidado se prendió fuego, y este se propago rápidamente a  un árbol seco que se hallaba a su lado, y desde ahí corrió como reguero hacia un montón de hojarasca. A los pocos instantes solo se oía el crepitar de las llamas que se extendían rápidamente en lenguas color naranja.

La noticia corrió rápidamente entre todos los animalitos: Fuego en el bosque!!!!! El primero en reaccionar fue el conejo cuya madriguera estaba cercana al inicio del incendio, y este junto con dos ardillas salieron disparados a transportar agua para apagarlos desde un arroyito cercano. Se le unieron el zorro, un ágil colibrí, dos zarigueyas y  una lenta tortuga que caminaba tan rápido como le permitían sus cortas patitas. Un oso hormiguero muy industrioso fue alertado por dos pajaritos asustados y se dispuso a ordenar el caos provocado por el incendio.  Tomó en sus patitas unas ramas de abeto e hizo que los animalitos volcaran el agua en ellas, para de esta manera sofocar las llamas. Todos colaboraban en la extinción del fuego, pero el más diligente era un pequeno colibrí que volaba incansable, transportando cada vez  en su piquito unas pocas gotitas de agua. Exasperado, el oso hormiguero le increpó: “que haces? No ves que tu pico es muy pequeño y que solo te permite transportar muy poca agua? A lo que el colibrí contestó: ya lo sè, pero que pasaría si por falta de esas gotitas no pudieramos sofocar el incendio?

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El hombre que planto árboles y creció felicidad…


Hace 40 años, realicé un largo viaje a pie a través de una zona montañosa, en la región donde los Alpes penetran en la Provenza Francesa. El paisaje era árido y sin color; la única planta que allí  crecía era la lavanda silvestre.

Había caminado durante tres largos días, cuando me encontré en una zona absolutamente desolada, cerca de las ruinas de un villorio abandonado. Ansiaba encontrar agua potable, pues mis reservas se habían terminado el día anterior. Era un hermoso  y soleado día de junio, pero el viento soplaba ferozmente haciendo gruñir las carcasas de las deterioradas casas del pueblo, por lo que, en lugar de acampar, decidí continuar mi viaje.

Luego de cinco horas de caminata sin encontrar ningún rastro de  agua, mis esperanza de hallarla se estaban desvaneciendo. Todo lo que veía  a lo largo del camino eran las  huellas de una tremenda sequía y un único tipo de pastizales rústicos.  De pronto, a lo lejos, divisé una silueta humana, que se asemejaba al tronco de un árbol solitario, y con renovadas esperanzas me dirigí hacia él.  Era un solitario pastor, rodeado de una treintena de ovejas, que descansaban sobre la hierba achicharrada. Le pedí un poco de agua para beber y silencioso me ofreció una calabaza llena de agua fresca, de la que tomé agradecido, un buen trago.

Me invitó a acompañarlo a su choza que se encontraba en el valle cercano; era una casa amorosamente construída en piedra, con un techo fuerte y sólido, que le permitía  defenderse  eficazmente del viento y del frío, con un pozo de agua cristalina en la cercanía.

El hombre era de pocas palabras, como es costumbre en aquellos que viven solos. La casa estaba limpia, los platos lavados, el piso barrido, su rifle engrasado, y un caldero de  humeante sopa hervía en el fogón. Todo en él  respiraba pulcritud, desde la barba rasurada hasta su usada pero cuidada ropa, que tenía cosidos todos los botones. El perro, silencioso como el amo, era amigable sin ser servil.

Compartimos en silencio la sabrosa sopa. Desde el inicio se dio por sentado que yo pasaría la noche allí; el pueblo más cercano se encontraba a un día y medio de distancia. Más aún,  yo ya sabía de la mala fama de la gente que habitaba esa región, eran casi todos trabajadores del carbón, cuya existencia era muy dura: familias numerosas compartían espacios pequeños en una zona agreste y polvorienta, con  un clima demasiado severo, tanto en invierno como en verano. Existía una enorme  rivalidad entre ellos, desde el asiento que ocupaban en la Iglesia hasta el precio que cobraban por el carbón eran motivos de querellas  y en todos prevalecía el continuo deseo de escapar de ese lugar infernal. Y sobre todos ellos  reinaba el incesante viento que estremecía los nervios. Había en la zona una alta tasa de suicidios, los casos de locura eran frecuentes..

Después de haber comido la reconfortante sopa, descansamos en silencio, y luego el pastor trajo una bolsa y la volcó, haciendo rodar una montañita de bellotas de roble sobre la mesa. Comenzó a examinarlas una a una, separando las buenas de las malas. Mientras fumaba mi pipa, le ofrecí ayudarlo pero me aclaró cortésmente  que ese era su trabajo. Viendo con el cuidado que lo realizaba, no quise insistir, y me senté cómodamente cerca del fuego a verlo trabajar. Con cuidado, seleccionaba las mejores bellotas, y las agrupaba en pequeños montones de a diez.

Esa fue toda nuestra conversación por el resto de la jornada. Cuando el pastor hubo seleccionado cien saludables bellotas que guardó cuidadosamente en otro saco,  me dio una manta y un cómodo jergón y nos retiramos a dormir.

Se sentía una tremenda paz en compañía de ese hombre, y a la mañana siguiente, luego de un sueño reparador, le pregunté  si podía permanecer con él por otro día. El asintió cortésmente; recibí la impresión de que no existía nada que pudiera sorprenderlo. Mi intención no era descansar, quería quedarme porque el hombre me interesaba y quería saber más sobre él.

El hombre se preparó para salir, remojó la bolsa de las  bellotas en un balde de agua, luego abrió el corral y condujo a las ovejas a pastar,  Además, tomó un hierro largo, del grueso de un pulgar y se alejó.

Caminando de manera relajada seguí un sendero paralelo al suyo, tratando de no ser visto.  El pastor dejó su rebaño en el valle a cargo del perro y vino derecho  hacia donde yo me encontraba. Tuve miedo de que me increpara por mi indiscreción pero, cortésmente, me invitó a acompañarlo, si es que no tenía nada mejor que hacer. Acepté encantado, y juntos subimos unos cien metros por la ladera  de  la montaña

Con el hierro comenzó a hacer  una línea de agujeros en la tierra  y a introducir en cada uno de ellos, una bellota de roble.  Yo le pregunté si era el propietario de esa tierra, y me contestó que no. Ante mi intriga, me explicó que probablemente fueran tierras comunales, o que pertenecieran a un desconocido, pero de todos modos, ésto  a él  lo tenía sin cuidado. Plantaba sus bellotas de roble de manera sistemática y  con tremendo cuidado. Después de un breve descanso para compartir un frugal almuerzo reasumió su labor. Ante mi insistencia, me contó que durante los tres últimos años,  había estado plantando cien árboles por día en esa tierra desolada. Calculaba que en total debía haber plantado ya decenas de miles de árboles, de los cuales solo veinte mil habían germinado. De éstos pensaba que sólo sobrevivirían unos diez mil, debido a los roedores y a los imprevisibles designios de la Naturaleza. Pero aún así, serían diez mil árboles en una tierra donde antes no crecía nada.

Me contó que se llamaba Elzeard Bouffier, que tenía 55 años, que había sido poseedor de una granja en el llano, donde vivía junto a su esposa y a su hijo. Ambos habían muerto y él se había instalado en ese lugar solitario; su sueño era vivir pacíficamente con sus ovejas y su perro. El creía que esa tierra estaba muriendo por falta de árboles, y como por el momento  no tenía ninguna obligación más importante, había decidido remediar esa situación.

Pese a mi juventud, yo también llevaba una vida solitaria, por lo que entendía a los  espíritus como el de este callado pastor.  Le contesté que en 30 años, los  robles se verían magníficos. A lo que él replicó que  si Dios le daba vida, seguiría plantando árboles, pues diez mil eran sólo como una gota de agua en el océano. Además, estaba estudiando la reproducción de las hayas y de los abedules, para plantarlos en el valle; donde el agua se encontraba más cerca de la superficie.

Al día siguiente, luego de agradecer su hospitalidad, me alejé de Eleazar.

Un año después comenzó la Primera Guerra, y yo estuve enrolado durante los próximos cinco años. Un soldado de a pie tiene poco tiempo para pensar en árboles y casi ni me acordé del pastor.

La guerra llegó a su fin y yo fui licenciado con sólo dos cosas: una pequeña compensación económica y una enorme necesidad de respirar aire puro por un tiempo. Y creo que por esta razón decidí retornar a la tierra desolada que había recorrido cinco años atrás.

El pueblo había cambiado muy poco. Sin embargo, fuera de él, a la distancia, se divisaba una neblina, que cubría como una capa la montaña. Justo la noche antes había estado recordando al pastor que plantaba árboles,  y pensaba: diez mil robles deben ocupar mucho espacio.

Como había visto morir muchos hombres en la guerra, no esperaba encontrar a Elzeard vivo. Pero estaba vivo y se mantenía extremadamente ágil: había cambiado su trabajo, ahora tenía solo 4 ovejas y un centenar de colmenas de abejas. Se había deshecho del rebaño porque se comían los árboles pequeños. En ese lugar alejado la guerra no lo había molestado y había continuado con su trabajo: los  robles que yo  había visto plantar eran más altos que nosotros y ofrecían un impresionante espectáculo. Yo  no salía de mi asombro, pero el pastor continuaba silencioso su labor. La sección forestada por Eleazar medía 11 km de largo por 3 km de ancho y se perdía en la lejanía.

Me explicó que los álamos habían sido plantados cinco años antes, mientras yo peleaba en Verdún., y que el lugar elegido por él había sido apropiado, pues pudieron aprovechar la humedad que había cerca de la superficie. Los árboles se veían saludables y fuertes.

Parecería que la Naturaleza había realizado algunos cambios para adaptarse a los cambios realizados por el pastor. Cuando regresamos al pueblo, me impresionó  ver  el agua que corría en arroyuelos, que habían permanecido secos en la memoria de todos los hombres del área. El viento también había colaborado, repartiendo las semillas. Y tan pronto como el agua llegó a la zona, aparecieron sauces, se formaron prados, jardines, flores  y volvió a haber entre los habitantes de esa zona, una razón para existir.

Al recordar que todo esto había brotado de las manos y del alma de un sólo hombre, sin recursos técnicos, uno se daba cuenta de que los humanos pueden ser también efectivos en términos opuestos a los de la destrucción…

El cambio de la zona había sido tan gradual que nadie había sido conciente de él. Los cazadores que buscaban osos salvajes en el bosque  notaron la aparición de pequeños arbolitos, pero lo atribuyeron a caprichos de la Naturaleza. Así que nadie se entrometió en la labor de Elzeard; si hubiera sido detectado, inmediatamente hubiera encontrado oposición a su abnegada labor. Pero el hombre era indetectable. Nadie, ya sea en el pueblo, ni en la Administración de la provincia, pudo imaginar que existiera un ser de esa magnífica generosidad y perseverancia.

En 1933 fue visitado por un guardabosque que le notificó de una orden por la que se prohibía realizar fuegos, por miedo a que la floresta natural fuera amenazada. Y le confesó que era la primera vez en su vida que veía surgir un  bosque de manera espontánea.

Para esa época, la plantación de Elzeard llegaba a 12 kms de  su casa, y para evitar la necesidad de hacer cada día ese trayecto, pues ya contaba con 75 años, decidió construir una choza en medio de la plantación, que quedó terminada el próximo año.

En 1935 una delegación del Gobierno fue a examinar el “Bosque Natural”.  Después de una larga y burocrática charla, decidieron que se debería hacer algo por el nuevo bosque. Afortunadamente, esto consistió en una recomendación que establecía que éste debía ser protegido, y que estaba prohibida la extracción de leña. Indudablemente era imposible no sentirse cautivado por la belleza de esos jóvenes árboles, llenos de energía.

Un amigo mío era uno de los guardabosques  y yo pude explicarle el misterio. A la semana próxima, fuimos juntos a ver al pastor que trabajaba arduamente como siempre, a diez kms de donde tuvo lugar la inspección. Le dimos a Elzeard unos huevos que le trajimos de regalo, y compartimos una frugal comida y luego pasamos unas cuantas horas en silenciosa contemplación del maravilloso paisaje….

Las laderas de la montaña estaban cubiertas de árboles que alcanzaban los 7 mts. Yo aún recordaba el árido y sombrío paisaje de mi primera visita, por lo que  me era más agradable disfrutar el aire fresco de la montaña,  Me preguntaba cuantas más hectáreas estarían cubiertas de árboles gracias a la labor de este abnegado hombre.

Antes de irse,  mi amigo le hizo una breve sugestión acerca de la especie más adecuada para el suelo de esa zona, pero no fue muy insistente, pues según me confesó, Bouffier había demostrado que entendía más que él del asunto. Y después de un momento agregó: y sabe más que todos nosotros, pues ha descubierto una maravillosa manera de ser feliz. Fue a través de este amigo que, se delegaron tres guardabosques para encargarse de la protección del bosque.

Durante la Segunda Guerra Mundial había una tremenda necesidad de leña para el transporte, los coches funcionaban con gasógeno mediante generadores que quemaban madera, por lo que en 1940 se comenzaron a talar robles. Dado que el área que forestara el pastor se encontraba muy lejos de la estación de tren, este pudo continuar imperturbable su labor ignorando la guerra de 1939, como lo había hecho con la de 1914.

En 1945 visité por última vez a Elzeard Bouffier, tenía ya ochenta y siete años. Volví a recorrer el camino de la tierra yerma; ahora, un autobús regular unía el valle del Durance y la montaña. No reconocí el paisaje, hasta que el autobús me dejó en el pueblo y vi su nombre inscrito, no me convencí de que me encontraba en el mismo pueblo, donde antes sólo había ruinas y soledad.

Todo había cambiado, incluso el aire del lugar. En vez de aquel viento seco y áspero, ahora corría una brisa perfumada y suave que acariciaba. Se sentía el sonido del agua en un arroyo cercano, y vi complacido que se había construído una fuente de la que manaba el agua con alegre susurro.

Cinco casas habían sido restauradas, pues con el florecer de la Naturaleza había vuelto la esperanza al pueblo, que en este momento contaba con veinticinco habitantes, entre ellos cinco parejas jóvenes. Las blanqueadas y cuidadas  casas, estaban rodeadas de jardine,s donde crecían en amable compañía flores y vegetales, que hacían del pueblo un lugar ideal para vivir.

Continué a pie mi camino; la recién terminada guerra había dejado su huella, pero, pese a esto, el espíritu de Elzeard se veía por doquier: en las laderas de los valles había pequeños campos de cebada y  a lo lejos, verdeaban los prados.

Ocho años después, todo el paisaje resplandecía. En lugar de las viejas y ruinosas casas, ahora se encontraban granjas; los pequeños riachuelos, alimentados por las lluvias que suelen atraer los bosques, fluían caudalosos. Poco a poco esto llevó a revitalizar tambíén los pueblos cercanos. Gentes de otros lugares, atraídos por la belleza del paisaje se instalaron allí, aportando su juventud y vitalidad al desarrollo de la zona.

Si contábamos la población anterior, irreconocible ahora, más de diez mil personas debían en parte su felicidad y bienestar a Elzeard Bouffier.

Por eso, cuando reflexiono sobre aquel hombre tenaz, que, armado únicamente de su fuerza física y estatura moral fue capaz de hacer surgir en ese lóbrego lugar este paraíso resplandeciente de vida, me recuerdo a mí mismo que pese a todo siguen existiendo seres humanos admirables Cuando reconstruyo su abnegada labor, me invade un respeto sin límites por aquel gran hombre, un ser que  desinteresadamente y sin la ayuda de nadie completó una tarea digna de Dios.

Elzeard Bouffier murió pacíficamente en 1.947 en el hospicio de Banon.

Extraido del libro de Jean Giono “El hombre que planto árboles y creció felicidad” – Traducción diciembre2012.org