.
. 
“Había también ciudades, mayores que Toledo, carreteras mejores que las del Viejo Mundo. Había un Imperio, más ordenado que el español. Ante todo, había lo que ellos buscaban: oro. Y todo el oro pertenecía a un hombre: el Inca Atahualpa. Cegados por el oro, los conquistadores españoles borraron del mundo al Inca. Y entonces les perteneció todo el oro”. -Hans Bauman, -“Oro y Dioses del Perú.” El Imperio al que llegaron Francisco Pizarro y sus hombres distaba mucho de ser el poblado de indígenas que los Españoles esperaban ver. Su nombre era: Tahuantinsuyu que significa: “los cuatro territorios unidos”.
La lengua que se hablaba era el Runa Simi:” lengua de los hombres”. El Inca Huayna Capac, padre del Inca Atahualpa llegó a tener 15:000:000 de súbditos… En el Imperio Inca reinaba un orden tremendo. Todos los altos cargos habían sido formados en una escuela severa. Cuanto más alto era el cargo, más esperaba de él el Inca. La educación de los Príncipes y de los hijos de la nobleza estaba en manos de los Amautas, hombres sabios, a cuyas clases asistía a veces el mismo Inca. Las asignaturas más importantes eran Idioma, Religión, Historia, Lectura de los Quipus, Astronomía y Geografía.
¿Por qué hizo ejecutar Francisco Pizarro al Inca Atahualpa? El Inca le había preguntado a un centinela si todos los españoles sabían leer y escribir y este le contestó que sí. Entonces hizo que el soldado le escribiera el nombre de Dios en la uña del dedo pulgar y fue pidiendo a todos que le leyeran lo que el soldado había escrito. Todos lo hicieron menos uno: Pizarro, que no sabía leer y que nunca le perdonó al Inca su humillación. El sumo Sacerdote, era el primero en jerarquía después del Inca.
Los españoles quedaron muy sorprendidos al darse cuenta de que los Incas conocían el sacramento de la Confesión y que lo practicaban asiduamente. Los Sacerdotes confesores se llamaban Ichuris. Acudían a ellos cuando se sentían cargados con algún pecado como la calumnia, los malos deseos, hurto, adulterio, conspiración, desobediencia; era considerado pecado el seguir viviendo sin dar gracias a los dioses. Las confesiones se realizaban junto a un río; el Sacerdote sostenía en una mano un ramillete de la hierba autóctona Ichu y en la otra una piedra.
Autor: Alvaro Castñón Seoane A medida que el penitente iba diciendo los pecados, éste los ”recogía”, los escupía en la hierba y los arrojaba a las aguas del río para que éstas lo lavaran. Con la piedra, daba un pequeño golpe en la frente del pecador y le imponía una penitencia que en general era bastante rigurosa, pues se consideraba que el pecado traía desorden no sólo al que lo cometía, sino que desordenaba todo el tejido social, llegando también a afectar al mismo Inca. Quien era frecuente pecador, se ponía a sí mismo en el bando opuesto en la lucha que, en nombre del dios Sol, el Inca sostenía en la Tierra. Para los indígenas era tan inconcebible que el Sol pudiera apartarse de su órbita como que el Inca pudiera equivocarse. El día del Solsticio de Verano, los Sacerdotes Astrónomos “ataban” el sol a flechas de roca viva. Los Sacerdotes conocían el calendario, y los equinoccios no eran para ellos ningún secreto. Sabían en qué preciso día, al mediodía, la flecha no arrojaba ninguna sombra. En Quito, una ciudad cerca del Ecuador, se sentaba entonces el dios Sol con toda su luz sobre la columna. El Sol expulsaba entonces a las tinieblas del Cielo y el Inca las expulsaba de la Tierra.
Adoraban al dios Sol, al que conocían con el nombre de Inti o Tata Inti y consideraban al dios Viracocha como el más sagrado de los Dioses. Le llamaban también Espuma del Mar, pues era del mar de donde había llegado éste. Parecería que fue venerado por todas las culturas que existieron en la larga historia del Perú. Había sido incorporado en su Cosmogonía y le habían construido un magnífico templo en el Cuzco: llamado Coricancha.
Luego de la llegada de los españoles, éstos construyeron un templo católico sobre el lugar venerado por los Incas. Los indígenas decían que Viracocha era un científico, un arquitecto, un escultor, un maestro de las ciencias y de la magia, un ingeniero, un sanador y un maestro que enseñó a los pueblos a los que visitaba, el arte de la escritura, arte que más tarde fue olvidado.
Desde hacía miles de años los orífices peruanos sabían hacer adornos, utensilios y ropajes de oro, y no sólo los rostros de los Reyes muertos, sino las paredes de los templos se cubrían también de oro y sus tejados de paja estaban entretejidos con tallos de este rico material. El coronel La Rosa que practicó excavaciones en 1870, encontró un botín de un valor incalculable de exquisitas piezas enteramente realizadas en oro, entre ellos, leñadores talando árboles de algarrobo y un niño sentado en una hamaca, con un fuego que mantenía a raya a una serpiente. Le manifestó al investigador Charles Wiener, que había fundido unos cuantos miles de mariposas de oro, cada una de las cuales pesaba sólo unos pocos miligramos y que bastaba un soplo para mantenerlas suspendidas en el aire. Hace unos cuantos decenios en una fiesta en una localidad llamada Batán Grande, un borracho apareció vestido con una reluciente túnica confeccionada con incontables plaquitas de oro, En mitad del pecho llevaba un sol del que salían rayos. El hombre, fuertemente alcoholizado, bailó hasta que las piernas no pudieron sostenerlo. El sol giró, giró y cayó al suelo. Atraídos por el alboroto, llegaron los gendarmes que le quitaron al ebrio las suntuosas vestimentas que seguramente pertenecieron a un príncipe. Una vez recuperado de su sopor, el borracho ingresó en la cárcel y el Sol de Batán, en un Museo.
Un arqueólogo peruano, Julio Tello pudo poner a buen recaudo un tesoro de incalculable valor material y artístico: cadenas de oro cuyos eslabones son rostros diminutos, cabecitas de zorros, lechuzas, serpientes, cuchillos de sacrificio con incrustaciones de oro y plata y una capa sacerdotal confeccionada con 1600 laminillas de oro.
En aquella época de pillaje español, un príncipe indígena al que ver la miseria de su pueblo había destrozado el corazón, se ofreció a indicar a los españoles dónde había escondites de los tesoros de oro, a cambio de la promesa de dar a los pobres indígenas hambrientos lo que éstos necesitaban. El príncipe cumplió su palabra, no así los españoles que arrasaron con todas las riquezas que encontraron dejando atrás sólo su promesa. Algunos años después, cuando necesitaron más oro, entregaron 4200 escudos españoles para los indios, pero ésta vez el príncipe no les reveló nada. Como no tenía manera de conseguir de los tesoros escondidos algo con que mantener con vida a los vivos, dejó que los muertos siguieran con lo que a los muertos se les había dado. H. Bingham, el descubridor de Machu Pichu, creía que los cimientos de esta ciudadela fueron levantados en una época remota, cuando mandaban los Amautas, que mostraron a los pueblos de los Andes como se plantaba el maíz y como se hacían herramientas y vasijas.
Todas las ciudades y fortalezas eran de granito y de ellas partían carreteras que iban a la costa, en las que habían otras ciudades, que fueron construídas en un tiempo en que los hermanos Inca aún no habían salido por las tres ventanas.
Estas ciudades costeras estaban hechas con ladrillos de arcilla, por hombres que tenían un aspecto distinto de los Incas y que vivían de otra manera. Cuando los ejércitos incas los sometieron y les exigieron que en lo sucesivo adorasen al Sol como el dios supremo, sus sacerdotes respondieron: “tenemos nuestro propio dios, la Luna. Ella nos mantiene con vida; vino del mar y es mejor que el dios Sol, pues nos da peces y hace que prosperen nuestros campos. Sin embargo, ante la mirada del dios Sol, la tierra muere” Los investigadores encontraron en la arena del desierto las huellas de los constructores de pirámides y tropezaron con reinos sepultados.
En Chan Chan, la serpiente era considerada un animal sagrado dedicado a la Luna. Chan Chan significa Ciudad de las Serpientes. Para los Chimus que vivían en el desierto, el agua era el elemento vital y en las serpientes veían las ondas que forma ésta. Como en el mundo de los Faraones, las líneas serpentiformes eran interpretadas como símbolos de agua. Sobre tejidos y cántaros, incansablemente aparecían la luna, el mar y los ríos. En éstos, el pueblo veía serpientes poderosas que cobraban vida en medio de los desiertos. En el Imperio Inca se abrieron canales, desagües y acueductos para proporcionar agua a los hombres, a los animales y a los campos.
Algunos ríos no perdían en el mar ni una sola gota de esa agua tan preciada. Una red de canales estaba diseñada hasta el mismo borde del desierto. Hasta en la roca viva se habían excavado canales.
Para evitar que los ríos desbordados pudieran producir inundaciones devastadoras, se erigieron diques con esclusas. Había represas que recogían el agua sobrante. El acueducto mayor tenía 100 Km. de longitud; para defender esta arteria vital se habían montado ciudadelas de vigilancia. Lo que ha sobrevivido de diques y canales despierta aún la admiración de los ingenieros hidráulicos. Pero las construcciones más admirables son las pirámides. En el valle del Chira se levantaba una pirámide de casi 100 mts. de ancho y 120 mts. de altura, pero ni ésta ni ninguna de ellas se ha conservado intacta.
Los habitantes de estas tierras construían sus templos levantados hacia el cielo, para que la mirada de los dioses cayera hacia ellos. En la vecindad de las pirámides estaban los túmulos funerarios para que, también los muertos tuvieran participación de las fuerzas celestiales que fluían desde y hacia las pirámides. Viejas leyendas permanecían con una vida secreta; cuando los cronistas españoles preguntaban a los indios de la Costa por sus antepasados, surgían descripciones de príncipes que habían llegado del mar juntamente con su séquito. En el valle de Lambayeque entró en tiempos remotos un príncipe llamado Naymlap.
Vino del Norte, en muchas balsas, con princesas, mujeres secundarias, muchos hijos y guerreros que le demostraban fidelidad. Algunos sirvientes tenían que desparramar polvo amarillo de conchas de caracoles en todos los caminos que éste recorría para que Naymlap tuviese siempre bajo sus pies algo procedente del mar, para no perder sus fuerzas. Contaban que el nuevo país era muy distinto de su patria natal, y estaban extrañados por los escasos ríos que encontraron.
Existe una tradición local que habla de los dioses del lago Titicaca con colas de pescado, llamados Chullua y Umantua. Esto tiene extrañas similitudes con mitos Mesopotámicos, que hablan acerca de seres anfibios, dotados de razón, que visitaron Sumer en tiempos muy remotos. El Líder de esos seres era llamado Oannes. De acuerdo con el escritor caldeo Berosus: “El cuerpo entero de Oannes era como el de un pez, y debajo de la cabeza de pez tenía otra cabeza y sus pies eran similares a los de un hombre, unidos a la cola de pez. Su voz y su lenguaje parecían humanos, y hasta el día de hoy se guarda una representación de él. Cuando el sol se ponía, era costumbre de este ser zambullirse en el agua y permanecer allí toda la noche pues era un anfibio”
De acuerdo con las tradiciones, Oannes era ante todo un civilizador. Durante el día conversaba con los hombres, pero no consumía ningún alimento; les enseñó la escritura y las ciencias y todas las artes. Les enseñó a construir casas, templos, a compilar leyes y les explicó los principios del conocimiento de la Geometría. Les ayudó a distinguir las semillas de la tierra y a recolectar frutos, en una palabra, los instruyó en todas las artes que ayudan a cultivar el espíritu y a vivir más dignamente. Graham Hancock “The fingerprint of the Gods” Naymlap y su séquito trajeron consigo objetos maravillosos, como nunca se habían visto en esas costas. Trajeron una piedra verde con la imagen del príncipe que fue instalada en un templo construido a propósito, cerca del mar. Ellos fueron los constructores de las pirámides escalonadas, como las de México y Yucatán.
Cuando Naymlap murió, tomó alas de las nubes y se alejó volando…. Hace muchos años, se encontró en una tumba de la costa norte a un sacerdote envuelto en una vestidura hecha con 13000 escamas de oro. El muerto se había convertido en un pez, que se sumerge en el mar de la eternidad. Hans Baumann: “Oro y Dioses del Perú”
El Imperio Dorado de los Incas 1
El Imperio Dorado de los Incas 2
El Imperio Dorado de los Incas 3
El esfuerzo por compilar, traducir, compartir y difundir la información aquí presente, es sin fines de lucro. Si bien es así, existen gastos de mantenimiento como hosting, dominio, horas de administración etc. Si te ha gustado el sitio y quieres ayudarnos donando via paypal tu gesto será enormemente apreciado y bienvenido.
